◉ Todo mal
La sensación general de que hagas lo que hagas, alguien te va a decir que lo estás haciendo mal.
Cuando pensé en escribir esto, andaba bastante cabreada con la vida en general. Con todas las personas del mundo, con el sistema, con el universo. No se salvaba ni Dios de mi enfado e indignación. Menos mal que, por una vez, procrastinar me vino bien, porque ahora lo escribo desde la calma y banalizando un poco el tema. Porque tampoco es para tanto.
O sí. Depende del día.
El caso es que llevo unos meses sintiéndome juzgada por todo y por todos. Como si el mundo entero se hubiera puesto de acuerdo para mandarme el mismo mensaje: Patricia, lo estás haciendo mal. Todo. La alimentación, el ejercicio, la crianza. Todo mal. Gracias, mundo, muy amable.
Vamos por partes.
Lo primero: magnesio sí, magnesio no y otras cosas que hace tres días eran indiscutibles y ahora son dudosas.
Hace un tiempo me puse en modo seria con la vida e intenté hacer las cosas bien. No es que viniera de hacerlas mal, simplemente podía mejorar. Un ejemplo: el tema de la alimentación y el ejercicio. Claro que no fui a ningún nutricionista ni a ningún entrenador personal. ¿Y cómo me informaba? Pues con la Biblia del siglo XXI, que es Instagram (era, porque ahora está ChatGPT). La cosa es que yo estaba ahí haciendo ejercicio de fuerza porque soy mayor de cuarenta y es muy recomendable, necesario, ¡imprescindible!, con unos cientos de euros gastados en suplementos, otros cientos en cremas, sérum y demás, mirando los alimentos que compraba en el supermercado y obedeciendo a quienes me decían, mediante reel, cuáles eran buenos y cuáles no. Yo estaba ahí, orgullosa de cumplir con todas esas cosas que se suponía que estaban bien hechas, creyendo que viviría, mínimo, 100 años en perfecto estado de salud.
¿Qué ocurrió entonces para empezar a cabrearme como una mona? (Con perdón a las monas.)
Pues que todo lo que ayer era bueno y beneficioso para X, hoy es malo o, como mínimo, sospechoso. Lo que se suponía que ayer te daría más energía y concentración, hoy te jode los riñones. ¿Ejercicio de fuerza? Sí, pero no. Y así con un sinfín de cosas. El ejemplo que quizá te suene más es todo el tema de la leche: la de vaca es la muerte, entonces todo el mundo empezó a hablar de la de soja; luego resultó que la soja, para el tema hormonal, tampoco es lo ideal. Pasamos a la de avena; pero la de avena por las mañanas, resulta que tampoco es lo más recomendable. Nos fuimos a la de almendras, y así estoy yo, esperando que alguien venga a decirme que la leche de almendras también es veneno.
El caso es que un día me pilló viendo reels y escuchando podcasts que contradecían punto por punto toda la rutina que me había montado siguiendo a esas mismas personas que, donde dijeron digo, dijeron Diego. Y exploté.
No me enfadé con ellas (esto que quede muy claro). Me enfadé conmigo por ser tan fácil de convencer, por creerme lo que la gente cuenta en un podcast, en un reel o en el carrusel de turno. Me cabreé por no escuchar mi cuerpo, por sumarme a la tendencia del magnesio, la ashwagandha y otras movidas sin pararme a pensar si de verdad los necesitaba, si ese deporte era para mí, si tenía sentido echarle cúrcuma a todo lo que comía o bebía para bajar la hinchazón.
Soy una floja, me convencen rápido, caigo fácil. Menuda mierda.
Lo segundo: las madres y padres, sobre todo de adolescentes, estamos recibiendo palos por todos lados.
Pero si con lo de la salud ya estaba bastante harta, lo de ser madre de un adolescente ahora mismo equivale a ser la mala de la película. Porque resulta que, encima de lidiar con un ser humano de diecisiete años, tengo que aguantar que me digan que lo estoy haciendo mal.
Las redes sociales, (oootra vez) las columnas de opinión, los expertos de turno. Todos con el mismo mensaje: los padres de hoy estamos criando a la generación del desastre, la generación de cristal. Sobreprotegidos, sin límites, sin respeto, sin tolerancia a la frustración, sin resiliencia, sin herramientas para enfrentarse a la vida. Y sí, miro alrededor y pienso que algo de razón tienen. Hay padres a los que se les ha ido de las manos, que han confundido amar con no decir que no nunca, y eso se nota. No voy a ser yo quien lo niegue.
Pero cuando generalizan, cuando nos meten a todos en el mismo saco, me hierve la sangre. Porque no. Porque nosotros no somos esos padres a los que se señala continuamente en los medios. Porque hemos puesto límites cuando tocaba, hemos dicho que no hasta que nos ha temblado la voz, nos hemos equivocado mil veces y lo hemos intentado otras mil. Y ahora, después de diecisiete años, podemos decirlo alto y claro: nosotros no somos esos padres a los que señalan los psicólogos, los expertos en educación, los decanos de universidades y los maestros cabreados. La prueba está en Óliver. Un chico que tolera la frustración, salvo cuando juega al FIFA, que eso ya es caso aparte, comprensivo, empático, educado y respetuoso. Que jamás ha faltado al respeto ni a su familia ni a sus profesores. Ese es nuestro hijo. Y si él existe, nosotros no somos esos padres que señalan. Y cada vez que leo las críticas, solo quiero chillar: ¡que yo nooo! ¡que nosotros nooo! Que nos hemos dejado la piel en la educación de nuestro hijo. ¡Dejad de generalizar!
Porque mira, que me digan que la leche de almendras es veneno, lo acepto. Cambio de leche y santas pascuas. Pero que me digan que he fallado como madre es otra cosa. Eso no se cambia en el supermercado.
Y esos serían mis cabreos más fuertes que me he llevado esta mitad de año. Que podrían evitarse si dejara de mirar Instagram, TikTok y de leer algunas newsletters de entendidos en todo y en nada. Mira qué fácil y, sin embargo, ahí sigo, con el puto scroll alimentando mi enfado y ansiedad. 🤦🏼♀️
🎥 Una serie para combatir este calor: Your Friends & Neighbors (Vicios ocultos). Una serie sobre lo absurdo que puede llegar a ser el empeño de aparentar que todo va bien cuando no va bien en absoluto. Ricos, mansiones, secretos y decisiones cada vez peores. De esas que empiezas pensando “un capítulo más” y acabas acostándote bastante más tarde de lo previsto.
🤔 ¿Te imaginas fotografiar todos tus objetos, absolutamente todos? ¿Cuántos te saldrían?
A la fotógrafa Bárbara Weins le salieron 12,795 objetos, es decir, 12,795 fotos. Y las reunió todas en un proyecto llamado Katalog. Toda la info de este proyecto aquí.
📌 Interesante y un pelín inquietante artículo sobre el futuro de la música en streaming.
📖 ¿Cuándo y cómo se instauró este culto silencioso que da por hecho que las arrugas debe evitarse?.
Dame veneno que quiero vivir. Skincare, botox, miedo a envejecer y linaje femenino. Leticia Sala (Ed. Anagrama) Es el último libro que me he leído y me he cuestionado bastantes cosas sobre qué es de verdad la belleza para mi. La importancia que le doy al autocuidado y el mensaje que le puedo estar dando a mi hijo con el que comparto baño y puede ver las cremas y potingues que tengo y que me aplico día y noche para verme más joven.
📻 La canción de hoy es una bonita declaración de amor. ¿No crees?
Feliz semana, con cariño:
Este jueves, 25 de junio, a las 18 h, mi amiga Emma Espejo y yo estaremos en directo hablando de películas basadas en novelas y con qué versión nos quedamos. ¿Te vienes? Si es que sí, guarda este enlace para añadir el evento a tu calendario.
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Vivimos en una era en la que todo el mundo vende, este es el problema. Todas hemos caído en esto hasta que mandamos a tomar por saco a la gente, el Instagram, a los gurús que hoy son unos y mañana son otros y decidimos hacer solo lo que nos pide el cuerpo. Porque, a fin de cuentas, la sabiduría que buscamos en Instagram o en ChatGPT, en realidad ya la llevamos dentro.
(Estoy convencida de que eres una madre maravillosa, porque amas a tu hijo, lo demás no le importa a nadie).
Leche de almendras caca. Mucho aporte calórico.
A este paso, lo mejor, un tazón de gasolina 🤣